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Vinos Ribera del Duero

Cuando uno ve el camino andado por los vinos de la Ribera del Duero en tan sólo quince años, salvando honrosas excepciones, se debe exclamar chapeau por todos esos esfuerzos de agricultores, elaboradores y comercializadores y por el Consejo Regulador que fue marcando pautas para hacer que estos caldos sean considerados, hoy, como los mejores del territorio nacional.

La denominación Ribera del Duero ocupa una amplia franja del Alto Duero que abarca sesenta municipios de la provincia de Burgos, diecinueve de Valladolid, seis de Soria y cuatro de Segovia. Los suelos son, mayoritariamente, de aluvión y arcillo-ferrosos, con una altitud que va de los setecientos a los mil metros, y el clima es continental, extremo y no muy lluvioso. Estos factors y la ubicación del viñedo en las laderas del río, aporta a los vinos, personalidad, equilibrio e ideales condiciones de maduración.

Los vinos enmarcados en esta denominación se elaboran a partir de tinta del país, variedad de la familia de la tempranillo, la uva principal para los tintos. Esta y la madre naturaleza hace que los caldos sean de gran calidad, perfumados, de buena pigmentación e idóneos para una larga conservación. Aquellos destinados a Crianza, Reserva y Gran Reserva, pueden hacer coupage con cabernet sauvignon, que aporta su gran cuerpo y complejidad. También está autorizada la uva merlot, que enriquece el producto en aromas, y la malvera, que lo hace más complejo. En muy escasas ocasiones se utiliza la ibérica garnacha, que aporta coloración.

Para los vinos rosados se usa albillo o blanca del país, si bien ésto sufren un claro retroceso por el aumento experimentado por los tintos de crianza, reserva y gran reserva. De hecho, la elaboración de tintos jóvenes ha sido abandonada por algunas bodegas, pues. a pesar de tener gran demanda, el elevado coste de la uva (capaz de alcanzar las trescientas pesetas por kilo) le convierte en un producto poco competitivo en el mercado nacional.
El Consejo Regulador de Ribera del Duero establece que los Crianza acogidos a la denominación tengan una permanencia mínima de doce meses en barrica de roble y que sean comercializados a partir del 1 de diciembre del segundo año después de la vendimia. El Reserva ha de tener treinta y seis meses de envejecimiento en barrica y botella, estando un mínimo de doce meses en barrica y llegando al mercado el 1 de diciembre del tercer año tras la vendimia. Y los Gran Reserva han de tener un envejecimiento de sesenta meses en total, habiendo permanecido al menos veinticuatro meses en barrica y treinta y seis en botella.